La vida, esa que en cosas tan simples y cotidianas puede darnos una gran lección.
Hay dos cosas de las cuales deseo hablar: el anonimato del internet y cómo el llamado karma sí existe.
Corría el año de 2010, el auge del internet me llevó a creer que una relación a distancia podría funcionar y me arriesgué. De pronto, me encontraba esperando ansiosamente para conocer a aquel ser que, con sus letras, me había enamorado.
Lo conocí, me enamoré, me ilusioné, dí todo de mi… todo.
Un buen día, aquella persona con la que día a día compartía experiencias se alejó sin más; tan fácil, tan sencillo como es huir en este inmenso mundo al punto de ser imposible encontrarlo. Cuando volví a tener noticias de él, había cambiado, era otro y se escondía de mi.
Aquel idilio que juntos habíamos construido se desmoronó, así como los recuerdos y todo lo que me llevaba a él.
El tiempo pasó y sólo vagos correos actualizando nuestras vidas era el medio de comunicación con él.
Pero, ¡ah! la vida se encargaría de cobrar todas y cada una de las tribulaciones, hoy él regresó ¿qué busca? no lo sé ¿qué desea? tampoco lo sé; pero es tal su insistencia que el karma me ha dado oportunidad de saldar todas esas cuentas que con tristeza fijó.
Es ahora cuando me he dado el lujo de ignorar, hacer esperar, insultar … vaya, todo lo que él alguna vez me hiciera lamentar. Pero he de ser precavida, pues en un susurro descuidado podría regresar a su lado.